


El entorno regulatorio de los proyectos de criptomonedas ha cambiado de forma notable en 2026, con una transformación fundamental en las prioridades de la SEC. En vez de centrarse en acciones coercitivas, la SEC apuesta ahora por ofrecer directrices claras y crear marcos que impulsen el desarrollo de activos digitales. Esta transición, impulsada por nuevos liderazgos y leyes como la GENIUS Act, supone dejar atrás la “regulación por aplicación” para adoptar marcos específicos que marcan el camino del cumplimiento para los proyectos que buscan operar dentro de la legalidad.
Sin embargo, este giro hacia la facilitación no ha eliminado por completo la incertidumbre regulatoria. Aunque las acciones de la SEC han disminuido, los litigios privados en materia de valores han aumentado, creando un escenario complejo donde los proyectos deben afrontar tanto riesgos regulatorios como legales. La esperada Ley CLARITY sigue sin aprobarse, por lo que cuestiones clave como la clasificación de activos y la jurisdicción siguen sin definirse. Además, la normativa sobre stablecoins sigue evolucionando, ya que los organismos federales aún coordinan su aplicación y los equipos de cumplimiento deben adoptar estrategias flexibles para poder adaptarse a los próximos cambios en los estándares.
El desarrollo normativo internacional añade aún más complejidad. El Reglamento MiCA de la UE ha impuesto exigentes requisitos de licencia y protección al consumidor, mientras que la Financial Conduct Authority del Reino Unido mantiene una supervisión estricta mediante marcos financieros ya existentes. Para los proyectos que operan en varios países, estos cambios legales exigen sistemas de cumplimiento avanzados capaces de responder a distintas expectativas regulatorias a la vez, lo que convierte la incertidumbre regulatoria en un reto continuo, incluso con la nueva actitud más constructiva de la SEC.
El problema de los estándares de auditoría es una de las vulnerabilidades más críticas en materia de cumplimiento del sector cripto en 2026. A diferencia de los mercados de valores tradicionales, donde las auditorías son obligatorias, en blockchain los proyectos operan en entornos regulatorios fragmentados sin normas de divulgación consistentes, lo que supone un riesgo sistémico para inversores y proyectos.
Las deficiencias en los informes de auditoría tienen su origen en retos estructurales del sector. Las actividades on-chain—como transacciones en liquidity pool, staking, activos envueltos o protocolos de préstamos—no están sujetas a los requisitos convencionales de reporte de intermediarios. Los proyectos que apuestan por la transparencia se encuentran con incertidumbre sobre qué normas contables aplicar. La ASU 2023-08 del Financial Accounting Standards Board permite registrar los criptoactivos a valor razonable en balance, pero persisten problemas de implementación. Muchos proyectos emergentes ni siquiera disponen de estructuras profesionales de auditoría y recurren a atestaciones esporádicas de terceros, cuya validez es cuestionable.
Los proyectos que defienden la transparencia deben demostrar prácticas sólidas de divulgación: informes de auditoría fácilmente accesibles de firmas reconocidas, comunicaciones periódicas sobre reservas y sostenibilidad de tokens, y una contabilidad clara de todas las actividades del ecosistema. Sin embargo, el caso $BEAT evidencia que incluso proyectos con usuarios globales pueden operar con mínimos estándares informativos. Sin requisitos de divulgación similares a los de los mercados tradicionales, los inversores no pueden evaluar adecuadamente los fundamentos ni el horizonte de sostenibilidad de los proyectos.
La falta de obligatoriedad en la auditoría genera un riesgo moral: los proyectos no tienen incentivos para mantener altos estándares financieros y los reguladores no pueden evaluar el cumplimiento sin métricas homogéneas. Esta debilidad deja al ecosistema en una situación opaca, lo que hace imprescindible una reforma de los informes de auditoría para dotar de credibilidad a la infraestructura de los proyectos y restaurar la confianza de los inversores.
Las limitaciones de la Ley CLARITY a la rentabilidad de las stablecoins suponen un punto crítico entre la obligación de cumplimiento y la viabilidad del negocio. Al restringir lo que los reguladores consideran “rendimiento pasivo”, la ley busca cerrar brechas en la aplicación de políticas de prevención de blanqueo y conocimiento del cliente, un reto histórico para las plataformas de activos digitales. Este endurecimiento normativo, sin embargo, tiene consecuencias económicas importantes: análisis sectoriales estiman que estas restricciones amenazan alrededor de 1 400 millones de dólares anuales en ingresos para los principales exchanges que ofrecen productos de rentabilidad sobre stablecoins.
El reto normativo consiste en distinguir entre mecanismos de recompensa legítimos y esquemas financieros problemáticos. Los reguladores quieren evitar que productos de rentabilidad se conviertan en valores no registrados o vehículos de blanqueo. Pero trazar esa frontera es motivo de debate: los incentivos por actividad y las recompensas por mantener fondos reciben tratamientos regulatorios diferentes, lo que complica la implementación del cumplimiento en plataformas con diferentes tamaños y capacidades.
Para los exchanges, este entorno exige grandes inversiones en sistemas de cumplimiento y ajustes de políticas. Las plataformas pequeñas pueden no tener recursos suficientes para afrontar estas distinciones complejas, lo que puede favorecer a competidores mejor financiados. La tensión muestra cómo la estandarización del cumplimiento—imprescindible para la maduración del sector—puede implicar costes desiguales, aunque atienda preocupaciones legítimas sobre la integridad de los mercados y la prevención del delito financiero.
Los proyectos de criptomonedas con ambición global se enfrentan a un reto esencial: la fragmentación regulatoria crea escenarios de cumplimiento radicalmente distintos en los principales mercados. Seúl y Singapur son ejemplos claros de esta divergencia, cada uno con marcos propios que requieren adaptaciones específicas para cada proyecto.
La legalización de las STO en Corea del Sur en 2024 fue un hito, ya que la Financial Services Commission definió directrices exhaustivas para las ofertas de tokens de valores. Este marco permite la emisión y negociación reguladas y se prevé que el mercado alcance los 249 000 millones de dólares a final de la década. Pero esta regulación positiva es exigente: la FSS prioriza la estabilidad financiera, la protección del inversor mediante normas de salvaguarda y la obligatoriedad de informes ESG junto a medidas antiinterrupciones.
Singapur sigue una estrategia distinta. Aunque ofrece estabilidad y políticas favorables para inversores, la Autoridad Monetaria endureció en junio de 2025 los requisitos de licencia para Digital Payment Token, cerrando históricas lagunas. Ahora, el MAS exige que los proveedores de DPT que solo atienden a clientes externos tengan licencia. Este cambio implica mayor rigor: MAS impuso una multa de 93 750 dólares a Singlife Financial Advisers por incumplimientos y dictó varias órdenes de prohibición por infracciones AML/CFT.
Ambas jurisdicciones aplican la Travel Rule del GAFI y normas de custodia, pero sus filosofías regulatorias son opuestas. Seúl apuesta por la regulación positiva con marcos detallados, mientras que Singapur combina flexibilidad con gran rigor de aplicación. Los proyectos deben realizar una diligencia exhaustiva sobre los requisitos de divulgación, licencias y tendencias de aplicación en cada territorio. Subestimar los costes de cumplimiento en estos mercados fragmentados supone riesgos regulatorios considerables para los proyectos internacionales.
En 2026, los proyectos cripto se enfrentan a regulaciones globales cada vez más estrictas, mayores exigencias de cumplimiento y posibles cambios políticos. Los riesgos clave incluyen la evolución de los estándares AML/KYC, la presión regulatoria sobre valores, incertidumbres fiscales y restricciones a stablecoins. Además, la volatilidad del mercado y los riesgos de ciberseguridad siguen siendo amenazas relevantes para la viabilidad de los proyectos.
Las obligaciones de cumplimiento varían mucho según la jurisdicción. La UE impone los estándares MiCA, Estados Unidos opera con regulaciones estatales y supervisión de la SEC, y Hong Kong exige licencias escalonadas y revisiones externas de cumplimiento. Cada región establece sus propias normas AML/KYC, tipos de licencia y requisitos de información fiscal.
Los proyectos implementan marcos sólidos de cumplimiento mediante verificación de identidad de clientes, monitorización continua de operaciones y reporte de actividades sospechosas a los reguladores. La debida diligencia reforzada y herramientas automáticas de compliance resultan esenciales para cumplir los estándares regulatorios de 2026.
En 2026, la SEC y la CFTC definirán marcos regulatorios más claros y clasificaciones de activos digitales. Las stablecoins accederán a licencias federales, la inversión institucional crecerá con fuerza y los proyectos que cumplan requisitos disfrutarán de procesos de registro más ágiles. La claridad normativa reemplazará la supervisión reactiva basada en la sanción.
Los proyectos DeFi deben superar normas regulatorias más estrictas, la obligatoriedad de KYC/AML y el riesgo de ser considerados bolsas de valores no registradas. Estos obstáculos dificultan la adopción masiva y suponen mayores costes legales y operativos para los desarrolladores de protocolos DeFi en comparación con los proyectos cripto tradicionales.
Se recomienda comprender la normativa local e internacional, implantar procesos sólidos de KYC/AML, realizar auditorías exhaustivas de contratos inteligentes, garantizar una gobernanza transparente y mantener actualizadas las políticas de cumplimiento en todas las jurisdicciones en las que se opere.
Los proyectos de stablecoins afrontan una supervisión estricta, exigencias de reservas al 100 %, aplicación de AML y un estatus jurídico incierto según cada jurisdicción. Los altos costes de cumplimiento reducen su competitividad, mientras que los modelos descentralizados dificultan la rendición de cuentas.
MiCA fija un estándar unificado en la UE que influye de forma decisiva en los proyectos cripto internacionales. Marca criterios para stablecoins y servicios cripto, lo que impulsa a proyectos globales a adaptarse a las normas europeas y establece una referencia de cumplimiento que condiciona las prácticas de mercado y la protección del inversor a nivel mundial.











