

El sector de las criptomonedas evoluciona a gran velocidad, generando oportunidades inéditas y retos complejos para inversores, reguladores y desarrolladores de blockchain en todo el mundo. Uno de los aspectos más relevantes en este entorno es la clasificación de los activos digitales, especialmente la distinción entre qué criptomonedas se consideran valores y cuáles no. Comprender esta diferencia es esencial para cumplir la normativa, diseñar estrategias de inversión informadas y garantizar el funcionamiento de las plataformas basadas en blockchain.
La regulación de las criptomonedas sigue siendo dinámica y diversa. Cada jurisdicción aplica criterios distintos para clasificar los activos digitales, lo que crea una red compleja de obligaciones de cumplimiento. Para moverse en este entorno, los participantes del mercado necesitan no solo conocimientos técnicos sobre blockchain, sino también un sólido entendimiento del derecho de valores y de los precedentes regulatorios. Esta clasificación determina cómo pueden negociarse, promocionarse y utilizarse las criptomonedas dentro de los marcos legales en diferentes lugares.
La clasificación de una criptomoneda como valor o no valor tiene consecuencias profundas que van mucho más allá de la mera definición legal. Si un activo digital se considera valor, se somete a control regulatorio exhaustivo, con exigencias de información, procesos de registro formal y obligaciones de cumplimiento continuo que no aplican a los no valores. Estas exigencias, pensadas para proteger a los inversores frente a fraudes y manipulaciones, pueden influir notablemente en el desarrollo y la accesibilidad de un proyecto cripto.
Las normas que regulan los valores se apoyan en décadas de supervisión de mercados financieros, con el objetivo de garantizar la transparencia y proteger al inversor minorista frente a fraudes sofisticados. Al aplicarse al sector cripto, estos marcos tradicionales pueden crear fricciones. Una regulación demasiado estricta puede frenar la innovación y limitar el potencial de la tecnología blockchain para transformar las finanzas. Por el contrario, una supervisión insuficiente podría exponer a los inversores a riesgos elevados.
Para los proyectos de criptomonedas, la clasificación como no valor supone ventajas importantes. Facilita la distribución de tokens, el acceso a plataformas de trading y reduce los costes de cumplimiento. Para los inversores, las criptomonedas no consideradas valores suelen ofrecer procesos de adquisición y negociación más sencillos, sin las barreras habituales de las inversiones en valores. A medida que la tecnología cripto madura y se integra en los sistemas financieros convencionales, encontrar el equilibrio entre innovación y protección al inversor es un reto clave para reguladores, desarrolladores y participantes del mercado.
Para establecer qué criptomonedas no son valores, es necesario conocer los marcos legales que emplean los reguladores para clasificar los activos digitales. En Estados Unidos, la Securities and Exchange Commission (SEC) utiliza el Howey Test, un estándar legal creado por el Tribunal Supremo en 1946, para determinar si una transacción es un contrato de inversión y, por tanto, un valor.
El Howey Test contempla cuatro criterios que deben cumplirse simultáneamente para que un activo se considere valor:
Inversión de dinero: Debe haber una inversión de dinero o de otro valor. En criptomonedas, suele implicar la compra de tokens con monedas fiduciarias u otras criptomonedas.
Empresa común: La inversión debe realizarse en una empresa común, lo que implica que los resultados de los inversores están vinculados o dependen de los esfuerzos de un promotor o tercero. Este criterio examina si los rendimientos se agrupan o dependen del éxito colectivo.
Expectativa de beneficios: Los inversores deben tener una expectativa razonable de obtener beneficios de su inversión. Esto distingue los contratos de inversión de las simples compras de bienes o servicios para uso personal.
Provenientes de los esfuerzos de terceros: Los beneficios esperados deben venir principalmente de los esfuerzos de un promotor o tercero, no del propio inversor. Este criterio es fundamental para diferenciar los valores de los negocios en los que los inversores participan activamente en la generación de rendimientos.
Si una transacción con criptomonedas cumple los cuatro criterios del Howey Test, lo más probable es que se clasifique como valor, lo que conlleva obligaciones regulatorias adicionales. Comprender estos criterios explica por qué algunas criptomonedas, especialmente las suficientemente descentralizadas y que funcionan como medio de intercambio más que como vehículo de inversión, no se consideran valores.
Algunas criptomonedas destacadas han sido analizadas por los reguladores y, en general, no se consideran valores por su naturaleza descentralizada y sus características funcionales. Estos activos digitales marcan precedentes relevantes para entender los límites de la clasificación como valor en el sector cripto.
Bitcoin (BTC) es el caso más claro de criptomoneda no considerada valor. Como la primera y más descentralizada, Bitcoin funciona sobre todo como moneda digital entre pares y reserva de valor, no como contrato de inversión. La ausencia de una autoridad emisora central, su distribución amplia y su uso como medio de intercambio sitúan a Bitcoin fuera del alcance de la regulación de valores. Reguladores, como el ex presidente de la SEC Jay Clayton, han declarado que Bitcoin no es valor, aportando claridad al mercado.
Ethereum (ETH) es un caso más complejo que ha evolucionado con el tiempo. Aunque la oferta inicial de monedas de Ethereum en 2014 pudo tener rasgos de oferta de valores, el desarrollo y la descentralización posteriores han cambiado su clasificación. El ex director de la SEC William Hinman afirmó en 2018 que Ethereum había logrado suficiente descentralización para no considerarse valor. La llegada de Ethereum 2.0 y su mecanismo de consenso de Proof of Stake han reforzado el carácter descentralizado de la red, sin ninguna entidad que controle sus operaciones o desarrollo.
Litecoin (LTC) y Bitcoin Cash (BCH) son otros ejemplos de criptomonedas generalmente no consideradas valores. Ambas nacieron como bifurcaciones o alternativas a Bitcoin y están orientadas a servir como dinero digital para transacciones entre pares. Mantienen redes descentralizadas sin entidades centrales que las ofrezcan como vehículos de inversión, y su objetivo principal es actuar como medio de intercambio, no como contrato de inversión. La ausencia de un promotor central que prometa beneficios derivados de sus esfuerzos diferencia aún más estas criptomonedas de los valores.
Estos ejemplos muestran que las criptomonedas que funcionan como monedas digitales descentralizadas, sin autoridad central que controle su distribución ni prometa rendimientos basados en el desarrollo, tienen más posibilidades de evitar la clasificación como valor.
La consideración de una criptomoneda como no valor depende de varios factores clave, siendo la descentralización el más importante. Una red realmente descentralizada reparte el control y la toma de decisiones entre numerosos participantes, lo que dificulta identificar una entidad única cuyos esfuerzos marquen el valor del activo, a diferencia de los valores.
Estas características contribuyen al estatus de no valor:
Distribución de nodos: Una red con muchos nodos independientes que mantienen y validan la blockchain es esencial. Cuando miles de nodos repartidos por distintas jurisdicciones participan en la red, ninguna entidad puede ejercer control unilateral. Esta distribución geográfica y operativa refuerza la descentralización y reduce la dependencia de autoridades centrales.
Ausencia de control central: La falta de una autoridad central que gestione, emita o controle el activo es fundamental. Las criptomonedas no consideradas valores suelen carecer de una empresa o fundación con poder para modificar el protocolo, manipular la oferta o dirigir la evolución de la red. Esto contrasta con muchos proyectos de tokens donde un equipo central mantiene control sobre el desarrollo y la distribución.
Gobernanza comunitaria: La toma de decisiones por consenso comunitario y no por gestión centralizada es muestra de verdadera descentralización. Muchas criptomonedas no consideradas valores cuentan con mecanismos de gobernanza donde los cambios requieren apoyo comunitario, mediante votaciones en cadena o el consenso de los operadores de nodos. Esta gobernanza distribuida evita que el éxito o fracaso dependa de una sola parte.
Utilidad funcional: Las criptomonedas que actúan sobre todo como medio de intercambio, reserva de valor o tokens de utilidad para redes descentralizadas tienden a no considerarse valores. Si el uso principal del activo digital es funcional y no especulativo, y los titulares lo emplean para transacciones o participación en la red en vez de inversión pasiva, se asemeja más a una moneda o materia prima que a un valor.
Madurez de la red: El grado de desarrollo de la red es relevante. Aunque un proyecto cripto naciera con rasgos centralizados, una descentralización suficiente con el tiempo puede modificar su clasificación, como ha ocurrido con Ethereum.
Estos factores determinan si una criptomoneda constituye una inversión en una empresa común dependiente de los esfuerzos de terceros (rasgo típico de los valores) o si es un activo digital descentralizado fuera de la regulación de valores.
La clasificación de una criptomoneda como no valor influye de forma decisiva en su dinámica de mercado, accesibilidad y desarrollo del ecosistema. Estos efectos abarcan desde la distribución inicial hasta la sostenibilidad a largo plazo.
Listados en plataformas y liquidez: Las criptomonedas no consideradas valores pueden listarse con mayor facilidad en plataformas de trading internacionales. Al no estar sujetas a las restricciones de los valores, estos activos digitales llegan a más mercados, incluidos aquellos que no disponen de licencias de intermediación de valores. El acceso a más mercados conlleva mayor liquidez, al aumentar las oportunidades de negociación. Una mayor liquidez reduce la volatilidad y mejora la eficiencia del mercado, haciendo la criptomoneda más atractiva para inversores minoristas e institucionales.
Accesibilidad al mercado: La ausencia de clasificación como valor elimina muchas barreras de entrada para usuarios e inversores. Se pueden adquirir y negociar criptomonedas no consideradas valores sin las restricciones habituales de los valores, como requisitos de acreditación, periodo de tenencia o limitaciones geográficas. Esta democratización del acceso refleja el espíritu de la criptomoneda: sistemas financieros abiertos y sin permisos, accesibles a cualquier usuario con conexión a internet.
Percepción de los usuarios y crecimiento de la comunidad: La clasificación afecta la percepción del mercado sobre una criptomoneda. Los activos no considerados valores suelen asociarse con los principios de descentralización que sustentan blockchain. Esto atrae comunidades que valoran la soberanía financiera, la resistencia a la censura y las transacciones entre pares sin intermediarios. Estas comunidades suelen ser activas y comprometidas, contribuyendo a la seguridad, el desarrollo y la adopción de la red, lo que impulsa su crecimiento y descentralización.
Flexibilidad de desarrollo: El estatus de no valor otorga mayor flexibilidad a los equipos de proyecto para distribuir tokens, desarrollar el ecosistema y fomentar la participación comunitaria. Sin las restricciones de la regulación de valores, los proyectos pueden aplicar mecanismos de distribución innovadores, incentivos y modelos de gobernanza que serían imposibles o inviables bajo las normas de valores. Esta flexibilidad permite una adaptación más rápida a las necesidades del mercado.
Adopción institucional: Aunque los inversores institucionales están cada vez más abiertos a las criptomonedas, la clasificación como no valor facilita su participación al reducir la complejidad normativa y la incertidumbre legal. Las instituciones pueden integrar estos activos en sus productos con mayor confianza y menos obstáculos.
El efecto combinado de estos factores es que la clasificación como no valor puede acelerar la adopción de una criptomoneda, ampliar su base de usuarios y reforzar su posición en el ecosistema de activos digitales.
A pesar de los precedentes claros, la clasificación de las criptomonedas sigue siendo un área dinámica y compleja, que plantea desafíos constantes para todos los actores del mercado. La rápida evolución de la tecnología blockchain y las aplicaciones cripto exige que la regulación se adapte a nuevos usos y modelos de negocio que no encajan en las categorías existentes.
Incertidumbre regulatoria: Cada jurisdicción aplica criterios distintos a la clasificación de criptomonedas, lo que genera un entorno regulatorio fragmentado. Lo que es no valor en un país puede clasificarse de forma diferente en otro, complicando las operaciones internacionales de los proyectos cripto. Esta disparidad conlleva retos de cumplimiento y riesgos legales para desarrolladores, plataformas y usuarios que operan en varios países.
Interpretaciones cambiantes: Los reguladores ajustan sus criterios a medida que profundizan en el sector cripto. Orientaciones que parecían claras pueden ser revisadas cuando surgen nuevos precedentes. Esta evolución, aunque necesaria, genera incertidumbre y puede afectar la confianza y planificación de los proyectos.
Nuevos casos de uso: Las aplicaciones emergentes como los protocolos de finanzas descentralizadas (DeFi), los NFT y las soluciones de escalado de capa 2 plantean nuevas cuestiones de clasificación. Estas innovaciones pueden reunir características que difuminan los límites convencionales entre valores y no valores, exigiendo análisis regulatorios específicos e incluso nuevos marcos normativos. Por ejemplo, los tokens de gobernanza que otorgan derechos de voto en protocolos descentralizados desafían las definiciones actuales.
Umbral de descentralización: Existe la cuestión de cuánta descentralización es suficiente para evitar la clasificación como valor. Mientras casos como Bitcoin están claramente descentralizados, muchos proyectos están en fases intermedias y el grado de descentralización es incierto. Definir criterios claros y cuantificables de descentralización sigue siendo un reto para reguladores e industria.
Hoja de ruta: Superar estos desafíos requiere vigilancia, adaptación y transparencia. Los proyectos cripto deben apostar por la descentralización real y por una comunicación clara de su gobernanza y funcionamiento. Los reguladores tienen que diseñar marcos que protejan a los inversores y favorezcan la innovación. Los participantes del mercado deben mantenerse informados y participar activamente en los debates regulatorios.
El proceso hacia una claridad regulatoria integral sigue abierto, pero la importancia de comprender la clasificación de los activos crece año tras año. A medida que la tecnología cripto se afianza en los sistemas financieros globales, la distinción entre valores y no valores seguirá siendo esencial para el desarrollo del sector.
La cuestión sobre qué criptomonedas no son valores va más allá de la técnica legal: es una cuestión esencial que influye en la innovación, la protección del inversor y la libertad financiera que representa la criptomoneda. En esta era digital, comprender y participar en los debates de clasificación es cada vez más crucial para todos los actores del ecosistema blockchain, desde desarrolladores e inversores hasta reguladores y usuarios.
La distinción entre valores y no valores en el sector cripto refleja interrogantes profundos sobre la descentralización, el papel de los intermediarios y el equilibrio entre innovación y regulación. Las criptomonedas verdaderamente descentralizadas, que reparten el control entre los participantes y funcionan como medio de intercambio o tokens de utilidad, suelen evitar la clasificación como valor. Este estatus les permite materializar la visión original de la criptomoneda: sistemas financieros abiertos y sin permisos que empoderan a las personas y reducen la dependencia de instituciones centralizadas.
La claridad regulatoria sigue en proceso, y los marcos evolucionan conforme avanzan la tecnología y las aplicaciones. Lo importante es que conocer los principios de clasificación de activos permite tomar decisiones informadas, cumplir la normativa y contribuir a ecosistemas cripto sostenibles. Además, entender estas distinciones ayuda a preservar el espíritu de descentralización e innovación que caracteriza a esta tecnología.
Para que la industria cripto alcance su potencial transformador, los actores deben apostar por la descentralización auténtica, la gobernanza transparente y el diálogo constructivo con los reguladores. Solo así el ecosistema podrá ofrecer alternativas reales a los sistemas financieros tradicionales y mantener la claridad legal necesaria para una adopción masiva. El futuro de la criptomoneda depende tanto de la innovación tecnológica como de navegar con éxito el entorno regulatorio preservando los principios clave que la hacen revolucionaria.
El Howey Test es un estándar legal derivado de un caso del Tribunal Supremo de EE. UU. en 1946 que determina si una inversión es un valor. Examina si los inversores esperan obtener beneficios de una empresa común gestionada por terceros. Si se cumplen todos los criterios, el activo se clasifica como valor y debe cumplir la regulación correspondiente.
Bitcoin y Ethereum no son valores porque son activos digitales descentralizados y no tienen operadores ni control centralizado. La SEC reconoce que no cumplen los requisitos de los valores, como participantes centralizados o contratos de inversión con rendimientos prometidos.
En 2026, la SEC clasifica XRP de Ripple como valor. La mayoría de las principales criptomonedas, como Bitcoin y Ethereum, no están clasificadas como valores por la SEC.
Los utility tokens ofrecen acceso a servicios o productos, mientras que los security tokens representan derechos de inversión similares a las acciones. La diferencia depende de la función del token y el marco legal que lo regula.
La clasificación como valor restringe el acceso de los inversores minoristas y exige que la negociación se realice en plataformas reguladas. Esto limita la disponibilidad de la criptomoneda y supone mayores obligaciones regulatorias para los emisores y plataformas de trading.
No. Las stablecoins como USDC por lo general no se consideran valores en Estados Unidos. Se tratan como activos digitales para fines fiscales y están diseñadas como herramientas de pago, no como productos de inversión.
En EE. UU. se aplica el Howey Test, que da más margen de cumplimiento a los proyectos. El marco MiCA de la UE impone regulaciones estrictas y uniformes en todos los estados miembros, considerando la mayoría de los activos cripto como instrumentos financieros, con elevados costes de cumplimiento y requisitos de capital.
Si se clasifica como valor, el proyecto debe cumplir requisitos regulatorios estrictos, como registro y divulgación. Esto aumenta los costes operativos, limita los listados en plataformas y puede provocar volatilidad. Sin embargo, los inversores disponen de mayor protección legal y transparencia financiera.











